miércoles, 16 de enero de 2008

Salto del Lunarejo











(Proviene de una entrada anterior)






Estábamos circulando con rumbo norte por la Ruta Nacional No. 30 a bordo del mítico CIVILIAN JEEP del año 1948, reformado "a la uruguaya" con un potente motor diesel y ruedas "patonas". La "Subida de Pena" si bien resulta deslumbrante por sus paisajes no es tan peligrosa como la mitología popular me la había pintado. Es cierto que hay que tomar ciertas precauciones como lo indican las señalizaciones al costado de la carretera tales como; "Controlar los Frenos", "Mantener el Vehículo Engranado" y lo más elemental, por ningún concepto cambiarse del carril por el que se circula. Tomadas esas elementales precauciones la ascención se realiza con bastante facilidad, el CJ con su motor Isuzu 2.4 logró sortear la subida en 3ra.



Finalizada la "Subida de Pena" de pronto se abre ante nosotros una planicie homogénea, continúo por la Ruta Nacional No. 30 con rumbo a Masoller un pequeño caserío que cobró notoriedad por la batalla del año 1904 en la que fue herido de muerte el caudillo Blanco Aparicio Saravia.



El destino es un salto de agua de la cuenca superior del arroyo Lunarejo conocido como "Salto del Lunarejo". Ubicado en un entorno de área natural protegida me intriga conocerlo. Se trata de una zona de cuchillas y montes serranos. Un santuario de flora y fauna donde pueden apreciarse algunas especies que son difíciles de hallar en otros sitios, tales como el gato montés y la serpiente de cascabel. Al aproximarme a Masoller descubro amplios corrales de piedra que fueron construidos probablemente por mano de obra esclava y que seguramente datan del siglo XVIII. Los corrales de piedra jugaron un papel preponderante durante la batalla del año 1904 y basta leer algunas crónicas de la misma para apreciar su valor estratégico. Llego al pueblito que parece estar aletargado a pesar de ser media mañana. Se trata de una franja de viviendas al costado de la ruta. La mayor parte del caserío está constituido por decorosas viviendas de MEVIR que blanquean plácidamente al sol. Supongo que esas viviendas vienen a sustituir los infames rancheríos de adobe y paja, rancheríos que pude observar hace poco rato, al costado de la ruta y que son vivas imágenes de atraso y marginación. Las amplias y limpias casas construidas por el Movimiento de Erradicación de la Vivienda Insalubre Rural (eso significa la sigla MEVIR) cuentan con amplios jardines que la mano esperanzada del ama de casa ha poblado de flores y frutales. Probablemente esas mismas manos que hoy cultivan los jardines ayudaron también a la construcción del espacio vital desde los propios cimientos, aprendiendo así a querer y apreciar lo que se posee.



Consulto a la gente de la zona respecto de la ubicación de mi destino, ya que no he visto señalización que indique el sitio preciso. Me descorazona saber que el lugar está en un predio privado y su acceso depende de la presencia del propietario de los campos. Casualmente doy con un grupo de jovenes que se dirigen al lugar, entre ellos está un familiar del propietario de los campos. Siguiendo al grupo que se desplaza en una desvencijada Ford F 1000 tomo por un camino vecinal, rodeado de los cercos de piedra a los que antes había hecho referencia. Al poco rato de circular fuera de la ruta me topo con unas medio dormidas liebres, las que asustadas por el sonido del motor corren en la misma dirección del JEEP. Me bastaría casi estirar el brazo para simplemente tomarlas por las orejas. El contacto pleno con la naturaleza que permite este vehículo es sorprendente.



Después de abrir incontables porteras y haber transitado un largo trecho por el campo abierto llegamos al lugar. Dejo el JEEP debajo de un generoso coronilla, justo en el lugar que previamente ocupaba un gran lagarto amarillo, que salió corriendo rápidamente al percatarse del alborto, que sin quererlo, causábamos los recien llegados. "Llegamos" es un decir. Ahora hay que bajar por un empinado cerro de unos cien metros. El grupo inicia el descenso y a los pocos metros, una serpiente de color verde esemeralda que dormía sobre una chirca causa alboroto entre las muchachas y obliga a dar un rodeo para evitarla. Finalizado el descenso se abre ante nuestros ojos una alta pared de rocas cubierta en lo alto por densa vegetación. A sus pies, un amplio ojo de agua claro y profundo que invita a zambullidas.



martes, 15 de enero de 2008

El cocinero tomador de vinos.

Qué credenciales son necesarias para hablar de vinos?
Supongo que es una pregunta obligada de cualquiera que acceda a esta página.
Me defino como un mero tomador de vinos.
Deseo, intuición, ensayo y error.
Un día me descubro cocinero, despojado de todo boato, con la certeza en la ausencia de aprobaciones, solo, apremiado de urgencias nutritivas...
A cocinar con lo que hay.
Lucky...
Me enamoré de una cebolla y el aroma de un morrón verde me conmueve.
Ese día me descubro cocinero.
El tomador de vinos se descubre a sí mismo cuando un vino blanco, ese que por azar ya no está frío, sino fresco, entrega mucho mejor sus aromas, nace al percatarse que un varietal cede ante uno mejor de corte.
Yo tomador de vinos, de coiffeur incambiado, desdeñoso de todas las modas,
Yo tomador de vinos me descubro iconoclásta...

sábado, 12 de enero de 2008

CJ WYLLIS











Hay vehículos que poseen cierta magia, que trascienden su función de trasladarnos desde un punto a otro. En ocasiones también ostentan una profusa y no demasiado conocida historia. Hoy me voy a referir al Wyllis, más conocido por su apodo de JEEP, apodo que, dada su popularidad, tiempo más tarde se transformó en una marca comercial. Concebido para fines militares el Wyllis desempeñó un papel fundamental en la victoria de los Aliados contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Su pequeño tamaño, su robustez, fiabilidad y adaptabilidad le valieron el cariño de los usuarios militares, los que lo bautizaron con su famoso apodo de JEEP. Finalizada la II GM, al igual que muchos otros inventos, pasó de inmediato al campo civil. Comenzó a fabricarse en su versión civil y de ahí se derivan las siglas CJ que identifican su carrocería. CJ "Civil Jeep". El CJ del que les hablo es de 1948 y está transformado "a la uruguaya" ya que tiene un motor Isuzu 2.4 Diesel, ruedas "patonas" y algún que otro "lo atamos con alambre".




Es una fresca mañana de verano en el norte uruguayo, casi 60 años después de haber sido fabricado este CJ, aqui está, "pa' lo que guste mandar" . Lo observo a la distancia y admito que para ser un cachilo tiene líneas muy hermosas. En un eterno ritual matutino compruebo el nivel de aceite y de agua, agregando un poco de esta última desde una regadera descolorida a la que se le ha quitado la roseta que le da el nombre.




Suavemente le voy dando calentador por 15 o 20 segundos, lo disfruto...




Doy vuelta la llave y allí está ese sonido mágico del motor gasolero, con sus vibraciones contagiosas y su olor inconfundible. Lo sigo contemplando con fruicción y él parece prometer kilómetros de aventuras en todos los terrenos.




Pongo rumbo sur por Ruta Nacional No. 5 desde Rivera hacia la intersección con la Ruta Nacional No 30. Son unos 50 kms. que el CJ devora rapidamente. Por hábito doy cada cierto tiempo una mirada furtiva a los instrumentos. Bueno, en realidad "los instrumentos" son de una austeridad espartana, nivel de aceite y temperatura del agua, nada más. Es el encanto ínsito de los cachilos, durante el viaje todas las percepciones humanas son de utilidad. Hay que estar con el oído atento a cualquier cambio en la monotonía del motor, el olfato puede advertir de algo que no funciona del todo bien, los brazos bien firmes sosteniendo el volante que transmite el estado de la ruta.



Llego a la intersección con la Ruta Nacional No. 30 y pongo rumbo norte, hacia Artigas, tengo como destino un lugar próximo a Masoller, sobre la cuenca superior del arroyo Lunarejo. Se trata de un área protegida, un santuario de flora y fauna, paisajes sin igual de cuchillas y monte indígena, con una cascada conocida como "salto del Lunarejo", donde se forma una piscina natural con fondo de piedra. Paso junto a la novel ciudad de Tranqueras y digo novel porque ascendió a categoría de ciudad hace relativamente pocos años, la capital de la forestación y la sandía como la llaman sus vecinos. Cruzo el río Tacuarembó y los cerros comienzan a hacerse cada vez más prominentes, estoy próximo a la temible "Subida de Pena" o "Bajada de Pena" según desde que punto se la mire. Los paisajes se vuelven cada vez más hermosos y abruptos, todo es monte y cerros. Los carteles al costado de la ruta comienzan a ponerse un poco histéricos mientras la misma se vuelve cada vez más empinada. El potente motor Isuzu 2.4 va devorando la "Subida de Pena" en tercera, los oídos se tapan, los ojos se llenan de contemplación, realmente es un paisaje majestuoso. Al finalizar la ascención de pronto aparece una meseta totalmente plana, pongo rumbo a Masoller que está a unos pocos kilómetros, desde allí, tomando por caminos vecinales y campo traviesa habré de llegar al "Salto del Lunarejo".






La poco conocida Ruta Nacional No. 30


El Súper Tío

El Súper Tío
Isabella SCHIAVONE GAU

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