



(Proviene de una entrada anterior)
Estábamos circulando con rumbo norte por la Ruta Nacional No. 30 a bordo del mítico CIVILIAN JEEP del año 1948, reformado "a la uruguaya" con un potente motor diesel y ruedas "patonas". La "Subida de Pena" si bien resulta deslumbrante por sus paisajes no es tan peligrosa como la mitología popular me la había pintado. Es cierto que hay que tomar ciertas precauciones como lo indican las señalizaciones al costado de la carretera tales como; "Controlar los Frenos", "Mantener el Vehículo Engranado" y lo más elemental, por ningún concepto cambiarse del carril por el que se circula. Tomadas esas elementales precauciones la ascención se realiza con bastante facilidad, el CJ con su motor Isuzu 2.4 logró sortear la subida en 3ra.
Finalizada la "Subida de Pena" de pronto se abre ante nosotros una planicie homogénea, continúo por la Ruta Nacional No. 30 con rumbo a Masoller un pequeño caserío que cobró notoriedad por la batalla del año 1904 en la que fue herido de muerte el caudillo Blanco Aparicio Saravia.
El destino es un salto de agua de la cuenca superior del arroyo Lunarejo conocido como "Salto del Lunarejo". Ubicado en un entorno de área natural protegida me intriga conocerlo. Se trata de una zona de cuchillas y montes serranos. Un santuario de flora y fauna donde pueden apreciarse algunas especies que son difíciles de hallar en otros sitios, tales como el gato montés y la serpiente de cascabel. Al aproximarme a Masoller descubro amplios corrales de piedra que fueron construidos probablemente por mano de obra esclava y que seguramente datan del siglo XVIII. Los corrales de piedra jugaron un papel preponderante durante la batalla del año 1904 y basta leer algunas crónicas de la misma para apreciar su valor estratégico. Llego al pueblito que parece estar aletargado a pesar de ser media mañana. Se trata de una franja de viviendas al costado de la ruta. La mayor parte del caserío está constituido por decorosas viviendas de MEVIR que blanquean plácidamente al sol. Supongo que esas viviendas vienen a sustituir los infames rancheríos de adobe y paja, rancheríos que pude observar hace poco rato, al costado de la ruta y que son vivas imágenes de atraso y marginación. Las amplias y limpias casas construidas por el Movimiento de Erradicación de la Vivienda Insalubre Rural (eso significa la sigla MEVIR) cuentan con amplios jardines que la mano esperanzada del ama de casa ha poblado de flores y frutales. Probablemente esas mismas manos que hoy cultivan los jardines ayudaron también a la construcción del espacio vital desde los propios cimientos, aprendiendo así a querer y apreciar lo que se posee.
Consulto a la gente de la zona respecto de la ubicación de mi destino, ya que no he visto señalización que indique el sitio preciso. Me descorazona saber que el lugar está en un predio privado y su acceso depende de la presencia del propietario de los campos. Casualmente doy con un grupo de jovenes que se dirigen al lugar, entre ellos está un familiar del propietario de los campos. Siguiendo al grupo que se desplaza en una desvencijada Ford F 1000 tomo por un camino vecinal, rodeado de los cercos de piedra a los que antes había hecho referencia. Al poco rato de circular fuera de la ruta me topo con unas medio dormidas liebres, las que asustadas por el sonido del motor corren en la misma dirección del JEEP. Me bastaría casi estirar el brazo para simplemente tomarlas por las orejas. El contacto pleno con la naturaleza que permite este vehículo es sorprendente.
Después de abrir incontables porteras y haber transitado un largo trecho por el campo abierto llegamos al lugar. Dejo el JEEP debajo de un generoso coronilla, justo en el lugar que previamente ocupaba un gran lagarto amarillo, que salió corriendo rápidamente al percatarse del alborto, que sin quererlo, causábamos los recien llegados. "Llegamos" es un decir. Ahora hay que bajar por un empinado cerro de unos cien metros. El grupo inicia el descenso y a los pocos metros, una serpiente de color verde esemeralda que dormía sobre una chirca causa alboroto entre las muchachas y obliga a dar un rodeo para evitarla. Finalizado el descenso se abre ante nuestros ojos una alta pared de rocas cubierta en lo alto por densa vegetación. A sus pies, un amplio ojo de agua claro y profundo que invita a zambullidas.
