



Hay vehículos que poseen cierta magia, que trascienden su función de trasladarnos desde un punto a otro. En ocasiones también ostentan una profusa y no demasiado conocida historia. Hoy me voy a referir al Wyllis, más conocido por su apodo de JEEP, apodo que, dada su popularidad, tiempo más tarde se transformó en una marca comercial. Concebido para fines militares el Wyllis desempeñó un papel fundamental en la victoria de los Aliados contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Su pequeño tamaño, su robustez, fiabilidad y adaptabilidad le valieron el cariño de los usuarios militares, los que lo bautizaron con su famoso apodo de JEEP. Finalizada la II GM, al igual que muchos otros inventos, pasó de inmediato al campo civil. Comenzó a fabricarse en su versión civil y de ahí se derivan las siglas CJ que identifican su carrocería. CJ "Civil Jeep". El CJ del que les hablo es de 1948 y está transformado "a la uruguaya" ya que tiene un motor Isuzu 2.4 Diesel, ruedas "patonas" y algún que otro "lo atamos con alambre".
Es una fresca mañana de verano en el norte uruguayo, casi 60 años después de haber sido fabricado este CJ, aqui está, "pa' lo que guste mandar" . Lo observo a la distancia y admito que para ser un cachilo tiene líneas muy hermosas. En un eterno ritual matutino compruebo el nivel de aceite y de agua, agregando un poco de esta última desde una regadera descolorida a la que se le ha quitado la roseta que le da el nombre.
Suavemente le voy dando calentador por 15 o 20 segundos, lo disfruto...
Doy vuelta la llave y allí está ese sonido mágico del motor gasolero, con sus vibraciones contagiosas y su olor inconfundible. Lo sigo contemplando con fruicción y él parece prometer kilómetros de aventuras en todos los terrenos.
Pongo rumbo sur por Ruta Nacional No. 5 desde Rivera hacia la intersección con la Ruta Nacional No 30. Son unos 50 kms. que el CJ devora rapidamente. Por hábito doy cada cierto tiempo una mirada furtiva a los instrumentos. Bueno, en realidad "los instrumentos" son de una austeridad espartana, nivel de aceite y temperatura del agua, nada más. Es el encanto ínsito de los cachilos, durante el viaje todas las percepciones humanas son de utilidad. Hay que estar con el oído atento a cualquier cambio en la monotonía del motor, el olfato puede advertir de algo que no funciona del todo bien, los brazos bien firmes sosteniendo el volante que transmite el estado de la ruta.
Llego a la intersección con la Ruta Nacional No. 30 y pongo rumbo norte, hacia Artigas, tengo como destino un lugar próximo a Masoller, sobre la cuenca superior del arroyo Lunarejo. Se trata de un área protegida, un santuario de flora y fauna, paisajes sin igual de cuchillas y monte indígena, con una cascada conocida como "salto del Lunarejo", donde se forma una piscina natural con fondo de piedra. Paso junto a la novel ciudad de Tranqueras y digo novel porque ascendió a categoría de ciudad hace relativamente pocos años, la capital de la forestación y la sandía como la llaman sus vecinos. Cruzo el río Tacuarembó y los cerros comienzan a hacerse cada vez más prominentes, estoy próximo a la temible "Subida de Pena" o "Bajada de Pena" según desde que punto se la mire. Los paisajes se vuelven cada vez más hermosos y abruptos, todo es monte y cerros. Los carteles al costado de la ruta comienzan a ponerse un poco histéricos mientras la misma se vuelve cada vez más empinada. El potente motor Isuzu 2.4 va devorando la "Subida de Pena" en tercera, los oídos se tapan, los ojos se llenan de contemplación, realmente es un paisaje majestuoso. Al finalizar la ascención de pronto aparece una meseta totalmente plana, pongo rumbo a Masoller que está a unos pocos kilómetros, desde allí, tomando por caminos vecinales y campo traviesa habré de llegar al "Salto del Lunarejo".
